Decir lo incorrecto es, muy a menudo, correcto

Por César García

Colaborador

El director para el que trabajo, un empresario cincuentón, muy alto, robusto, con un problema de tortícolis en el cuello que pareciera mirar todo el tiempo de frente glorificado, me llamó en la noche para decirme lo bien que se sentía con mi trabajo. Rarísimo, eso sucede cuando un jefe pretende a toda vista a su becaria veinteañera de escotes prominentemente audaces; le llama, los pretextos son sabios, cualquier cosa, con tal de sentirse presente en la vida de aquélla, para que piense en él, para que se sienta deliberada, ¡puff!, peor aún si la niña es de familia disfuncional y sus papás están a punto del divorcio, algo común. No hace falta que explique en qué termina la cosa, una denuncia o un bello romance ecléctico del que nunca sabe la esposa y sus hijos hasta su muerte. Es raro, insisto.

El señor es católico, muy católico, de católicos que se cuelgan cristos en el cuello con oro y piedras, de esos que tienen pergaminos completos pegados en las paredes de la oficina sobre los doce mandamientos. El licenciado, como le llamo frente a los feligreses, intenta ser buena persona. Y lo único que pensé después de colgar el teléfono con su atónico: “Te felicito, César”, es que cada uno es libre –no exento– de creer que alguien está haciendo algo bueno, o que hace lo correcto y en el más triste de los casos, lo que le corresponde hacer. Así de sencillo, sin más. Esa libertad se perfecciona cuando eso que maduramos, lo decimos.

Se evitarían guerras mundiales, créanme. Y no muy apartados del tema, si Corea del Norte ampliamente se manifestara con un “pinche sureños capitalistas y Corea del Sur con su concerniente pinches norteños jodidos”, aliviaría muchísimo, no saben cuánto libera el alma dejar un “pinche” entre charlas y discusiones. Inténtenlo.

La pregunta es, ¿qué estoy haciendo bien? Sólo trabajo y cumplo con mis horarios, trágicamente ocupo menos tiempo en comer de lo que me corresponde según el contrato que me dieron. No soy un perfecto abogado corporativo que recibe llamadas todo el tiempo para consultarle. Pero qué bien se siente ser reconocido de algo que no te llevo tiempo y esfuerzo y de alguien que no merece, si acaso, un esfuerzo óptimo. Tampoco soy el güey lambiscón que le cuelga el portafolio, lo acompaña a Kurian a comprarse corbatas para decirle que el saco más horrendo es el que se le ve más chingón, nomás por joder, sí los hay.

Un profesionista a sueldo como yo no espera mucho de sus homólogos, porque al fin, la hipótesis ordinaria del típico abogado mamón, es de recontra hueva. Después de todo, lo que me gustaría saber, es si César, ese César nutrido de innumerables cosas en su cabeza, sobre el futuro y la desventura, sobre Dios y el Diablo, sobre la dicha y la tragedia, sobre libros y vicios, sobre empresas y comidas que dan tristeza, sobre su persona y sobre su alma, siente que está haciendo algo realmente bueno por él. Pienso.

Hay mucho por hacer, por decir algo: quiero empezar a escribir en editoriales, he mandado un borrador a Ediciones Acapulco, sin recibir respuesta, ¿qué hace uno cuando quiere escribir?, sale a la calle y no hay anuncios de ello en los periódicos, ¿qué hace uno cuando necesita decir tantas cosas a cambio de nada?

Durante el tiempo que llevo siendo lo que soy, me he comprometido a ser lo que en realidad no soy, ese alguien que aspira la nobleza de su alma en una ciudad donde lo único que hay son carros y cables.

Al responder la llamada, supe perfectamente de quién se trataba, una voz gruesa y delineada con el tabaco y el ron. Me tragué las ganas de contestar: no señor, no soy quién debería ser, hay muchos estilos de vida que he abandonado y del que me siento completamente ajeno, he dejado la bicicleta por andar en un carro y que hasta ahora, me ha dejado dolores en la columna por las mañanas, he dejado de ver las puestas de sol de la tarde en aquella ventana que me atrincheraba de todo lo que ahora temo, aunque le parezca ridículo y putísimo. He mentido para ganarle miles de pesos a usted y a la empresa que me absorbe como un viento hacía zonas inhóspitas. He dejado de escribir y mire, cuando lo hago me faltan hojas y palabras que no recupero nunca. Soy un punto negro en una mancha roja que crece día con día, y quedo ahí, permanentemente en el olvido.  ¡Usted es un cabrón!, un leguleyo encumbrado por el dinero y el poder que no pierde la oportunidad, por mínima que sea, de presumir su Lincoln Classic, de invitarme a tocar los asientos de piel importada, de escurrir mis dedos en los colores tenues de sus vestiduras, de meterle el acelerador y sentir el motor quemar litros y litros de gasolina que factura con cargo a la empresa que le ha prestado reconocimiento, hasta ahora.

Lo tiene todo, incluso a Dios.

Debí preocuparme cuando durante la llamada, me dijo que se sentía contento con mi trabajo. Es cierto, uno quiere mostrarse brillante, pero en el fondo hay algo que debió inquietarme, y es el espejo que ve en mí, sé que él me mira y recuerda su juventud y sus ganas de tragarse el mundo, soy yo en él, y para él es correcto lo que hago.

Durante la noche imaginé mi vida como la suya, triste pero satisfecho, olvidado en el mundo exterior, en el mundo de verdad, en ese mundo que no perdona, y él es eso, un pájaro que no navega al exterior porque no conoce los cielos. Yo vuelo. Yo sigo. Yo he caído, él no conoce lo duro que está el suelo. La vida de un hombre que mira atrás y no hay más que horas muertas. Fiel mentor de la metodología Seis Sigma, un hombre acostumbrado a reducir los defectos para hacer lo único que entendió en su vida, servir.

-César, un día tendrás todo lo que yo tengo, hasta más, por qué no- concluyó.

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