Coyolxauhqui

COYOLXAUHQUI, TREINTA Y OCHO AÑOS DE SU APARICIÓN.

El veintiuno de febrero de 1978, por accidente, se consumó el hallazgo arqueológico más importante de finales de siglo XX. En el silencioso centro histórico, precisamente en la calle de Guatemala, como si fuese anunciado por una voz profética, apareció de las profundidades de los siglos la diosa Coyolxauhqui, gracias a un desperfecto en el suministro eléctrico, atendido por trabajadores de la extinta compañía Luz y Fuerza del Centro.

Los mencionados trabajadores, al escarbar en la calle de Guatemala para solucionar el desperfecto, se encontraron con el fragmento de un bajorrelieve que, sin saberlo, se convertiría en un suceso de dimensiones impensables; sería el principio del proyecto de arqueología urbana Templo Mayor, encabezado por el insigne arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma quien, con un equipo extraordinario de etnógrafos, antropólogos, arqueólogos entre otros conocedores de la materia, lograron, con gran esmero, que el Templo Mayor del México Tenochtitlan viera la luz de un nuevo día, aunque con un paisaje insospechado.

La noticia corrió rápidamente por la ciudad de México, miles de curiosos trataban de indagar qué ocurría de tras de las bardas improvisadas de láminas. Poco a poco, surgía toda clase de ofrendas; serpientes que aún conservaban sus colores originales; ranas; escalinatas que conducían al infinito, flanqueadas por alfardas; braseros; una lista interminable.

Eran al fin visibles las etapas constructivas del Templo Mayor. Al norte, se asomaba la casa de los guerreros águila. Sin embargo, la pieza que seguía causando furor era, sin lugar a dudas, la inmaculada Coyolxauhqui, la diosa de la Luna; la hermana antagónica de Huitzilopochtli quien intentó asesinar a Coatlicue (la madre de ambos) al dudar del embarazo prodigioso del patrono mexica.

Lo que sorprende de este monolito no es el hecho de que haya sobrevivido a la construcción de un drenaje porfirista de ladrillos rojos que, por desgracia, atraviesa ferozmente las etapas constructivas del recinto. No es pues, la lógica destrucción y el esperado saqueo derivado de la conquista española sino, sobre todo, la maestría y el dramatismo con que fue esculpido este bajorrelieve.

Es curioso observar cómo los aztecas llevaron a su cotidianeidad su cosmogonía, al hacer de sus templos símbolos de vida, muerte, fertilidad y sacrificio; sin mencionar la materialización del nacimiento del dios de la guerra: Huitzilopochtli; vencedor de la noche, como así lo recopila Fr. Bernardino de Sahagún en su ya tan conocida y estudiada obra Historia general de las cosas de Nueva España que, en su libro tercero, capítulo primero, recopila el dichoso mito:

 

“Según lo que dijeron y supieron los naturales viejos, del nacimiento y principio del diablo que se decía Huitzilopochtli, al cual daban mucha honra y acatamiento los mexicanos, es: que hay una sierra que se llama Coatépec junto al pueblo de Tulla, y allí vivía una mujer que se llamaba Coatlicue, que fue madre de unos indios que se decían Centzonhuitznahua, los cuales tenían una hermana que se llamaba Coyolxauhqui; y la dicha Coatlicue hacía penitencia barriendo cada día en la sierra de Coatépec, y un día acontecióle que andando barriendo descendióle una pelotilla de pluma, como ovillo de hilado, y tomóla y púsola en el seno junto a la barriga, debajo de las naguas y después de haber barrido (la) quiso tomar y no la halló de que dicen se preñó; y como vieron los dicho indios Centzonhuitznahua a la madre que ya era preñada se enojaron bravamente diciendo: ¿quién la empreñó que nos infamó y avergonzó?

 

Y la hermana que se llamaba Coyolxauhqui decíales: hermanos, matemos a nuestra madre porque nos infamó, habiéndose a hurto empreñado.

 

Y después de haber sabido la dicha Coatlicue (el negocio) pesóle mucho y atemorizóse, y su criatura hablábala y consolábala, diciendo: no tengas miedo, porque sé lo que tengo que hacer.

 

Y después de haber oído estas palabras la dicha Coatlicue aquietósele su corazón y quitósele la pesadumbre que tenía; y como los dichos indios Centzonhuitznahua habían hecho y acabado el consejo de matar a la madre, por aquella infamia y deshonra que les había hecho, estaban enojados mucho, juntamente con la hermana que se decía Coyolxauhqui, la cual les importunaba que matasen a su madre Coatlicue; y los dichos indios Centzonhuitznahua habían tomado las armas y se armaban para pelar, torciendo y atando sus cabellos, así como hombres valientes.

 

Y después de haber acabado el consejo de matar a la dicha Coatlicue, los dichos indios Centzonhuitznahua fueron a donde estaba su madre la Coatlicue, y delante iba la hermana suya Coyolxauhqui y ellos iban armados con todas armas… Y en llegando los dichos indios Centzonhuitznahua nació luego el dicho Huitzilopochtli, trayendo consigo una rodela, con un dardo y vara de color azul, y su rostro como pintado… la pierna siniestra delgada y emplumada y los dos muslos pintados d color azul, y también los brazos.

 

Con la xiuhcóatl fue herida la dicha Coyolxauhqui, de que murió hecha pedazos, y la cabeza quedó en aquella sierra que se dice Coatépec y el cuerpo cayóse abajo hecho pedazos…”

 

De la anterior trágica escena puede colegirse la posición en la que encontraron a Coyolxauhqui, en la parte poniente-norte de una plataforma que precede las escalinatas del Templo Mayor, justamente a los pies del dios bélico vencedor, enfatizando así su mítica gloria. Esta deidad Lunar se aprecia decapitada, desmembrada, con un atavío de plumas, con orejeras, cascabeles en las mejillas, atados de serpientes (símbolo de muerte) y un cráneo atado a la cintura, entre otros símbolos que, aunque dignos de ser comentados, este espacio me demanda sobriedad.

Este bajorrelieve se encuentra en la sala dos del Museo del Templo Mayor y, puede apreciarse mejor desde la sala cuatro; los avances tecnológicos nos permiten observar la policromía que alguna vez tuvo Coyolxauhqui, la cual, evidentemente, y por desgracia, se perdió; no así la policromía de la diosa Tlaltecuhtli, pieza de reciente hallazgo, misma que puede ser vista en el vestíbulo del Museo del Templo Mayor.

Coyolxauhqui constituye una obra artística y religiosa de la cultura mexica de gran importancia, no sólo por su relación cósmica y antagónica en el panteón de este pueblo sino, debido a su accidental descubrimiento, que dio pie a uno de los proyectos de arqueología urbana de mayor calado; permitió, además, la resolución de grandes hipótesis y, por tanto, posibilitó el acceso a cientos de ofrendas que en la actualidad constituyen un acervo arqueológico sin precedentes. En la actualidad, el Museo del Templo Mayor es el segundo museo más visitado de México después del Museo Nacional de Antropología e Historia. FIMG

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