CAPITAN-FANTASMA-6

LA REPETICIÓN DE LOS MALES.

En una palabra, sugiere usted, si lo recuerda, que hay en el mundo algunas personas que pueden…, mejor dicho, no pueden, sino que tienen pleno derecho a cometer todo género de delitos y excesos y a quienes, por así decirlo, no es aplicable la ley.

 Crimen y Castigo, Dostoyevski.

 

No existe la quietud para los montones de puestos ambulantes. Entre vestimentas de color beige, utensilios de plástico, bolsas. El griterío multitudinario de ninguno. Los camiones de pasajeros se abren paso sobre una calle llena de inmundicia, entre perros famélicos y autos en congestión. El ambiente es desolador.

La contingencia es manifiesta. A lo lejos un gran peñón de tezontle apenas se divisa. Si los muros del Reclusorio Oriente no fueran de forma cuadrangular sería infinito, como es el tiempo dentro de los confines inauditos. Entre unas torres agrias, enfermizas, vetustas, miles de internos viven donde el tiempo se detiene. Ahí ya no importan. La sociedad no los ve, no los oye, no los siente. Solo las madres con bolsas hechas de costales llevan un poco de afuera, de consuelo.

Las mismas escaleras desgastadas. Los mismos barrotes. Los mismos custodios. El mismo olor. El mismo retablo sencillo de la Virgen de Guadalupe alumbrado por una veladora. Los mismos pasillos. Todo es igual que siempre. El dolor se respira y la indiferencia trastoca al más insensible. Todo es dolor. Todo es violencia. No hay compasión para nadie.

De pronto el bullicio de los castigados en el corazón del reclusorio; la mirada astuta de los menesterosos, de aquellos desgraciados que jamás serán readaptables y vivirán con el estigma de haber sido sentenciado, de haber sido uno más.

Los juzgados son todos similares. Ahí vive la parsimonia, la desesperanza, los expedientes interminables, foliados, sellados, inconexos, deshilvanados, abyectos. Las decisiones son severas, irregulares, pero jamás justas. La justicia en México simplemente no existe. Los sujetos en el proceso procuran hacer todo menos derecho. Y la sociedad calla. El silencio reina en las escalinatas donde algún niño sucio juega mientras el pesado día avanza.

Las esperanzas son el mejor remedio para mitigar la dolorosa sensación de sentirse aniquilado. Ahí se está un poco muerto. Estas esperanzas se concentraron el día en que el Palacio Negro de Lecumberri recibió su estocada final, tan luego como unos internos habían perpetrado la prodigiosa huida. Hoy, la historia se repite, dos han escapado del arcaico sistema penitenciario de la Ciudad de México. Dos que hasta hace poco eran un número más que se desvanecían con el dolor del tiempo, perpetuamente, por circunstancias inevitables, por omisión, temeridad, ignorancia o por la simple fatalidad del destino.

Hoy, el sistema penitenciario de la moderna Ciudad de México ha recibido la estocada final. ¿Morirá como el legendario Lecumberri? ¿Será el motor que sacuda a los altos funcionarios? ¿Ha causado la suficiente indignación en los ciudadanos? ¿Acaso la muerte de un primate genera mayor preocupación que esta exitosa fuga? Todo parece indicar que sí. La enorme mole seguirá su lucha, alimentada por la indiferencia, la complicidad de las autoridades y las grandes inercias imposibles de vencer, bajo un cielo marchito de la Ciudad de México.

Mientras tanto, nos quedamos con la pavorosa abstención del cinco de junio. El silencio puede ser más doloroso.

Deja un comentario